El diálogo significativo

Posteado el 20. Sep, 2018 por en Prensa

Publicado en Revista Pymes Septiembre 2018

En su libro “De animales a Dioses–Breve historia de la humanidad” el historiador israelí Yubal Harari analiza la función del chisme desde el comienzo de las micro-sociedades humanas y lo entiende como una forma básica de control social. Allí plantea que el poder del chisme o cotilleo residía en su capacidad para ejercer un control transversal sobre los comportamientos que podían implicar desafío al orden social existente. Esa actividad tan difundida cooperaba con la mantención de la cohesión social porque cualquier conducta inhabitual llevaba a que el sujeto en cuestión estuviera en boca de todos con la tácita amenaza de ser excluido de la tribu. De allí que la mayoría eligiera comportarse de modo conservador, aportando así una base de mutua previsibilidad bastante elevada.

El chisme contribuyó a que las micro-sociedades puedan ejercer un control que evitara que la lógica de su tejido relacional se desarticule. En las familias, ocurre cotidiana y espontáneamente. Lo alienta su facilidad, ya que no exige ningún grado de madurez emocional. Más bien lo contrario: para chismorrear no es necesario prepararse cuidadosamente, desarrollar un plan, alivianar los sentimientos que pudieran promover ofensas, anticipar posibles respuestas destempladas de la otra parte, cuidarse de no herir la identidad de las personas y sobre todo no requiere que miremos a los ojos a quien le decimos aquello que es difícil de decir.

Ahora bien, si el chisme ocurre de todos modos y no se necesita ninguna preparación especial para ejercerlo ¿por qué no aprovechar sus ventajas, y darle validez? Sucede por más que sea inevitable, no es la mejor manera de encarar las diferencias de criterio ni los desacuerdos. Aplicado como método de control social lleva al deterioro creciente y silencioso de las relaciones interpersonales. Aún más, en nuestro caso hay que considerar que la familia empresaria (FE) no es una familia a “normal”. Además de convivir con las tensiones propias, tiene que estar preparada para lidiar con el manejo del poder, la asignación de responsabilidades, y de ingresos, la disposición del patrimonio y la preservación de la autoestima, todos temas extremadamente sensibles. Por eso, para una FE el desarrollo de la inteligencia emocional no es opcional, es condición de sobrevivencia. De modo que la sugerencia es evitar todo lo posible tanto el chisme como el diálogo banal. En su lugar, la propuesta es aprender a construir diálogos significativos.

A diferencia de los dos primeros, estos últimos suponen el uso del “Lenguaje de Proyecto”, basado en la aceptación de que la palabra del otro tiene sentido y es válida. Aun cuando no refleja la verdad, cumple la función de informar acerca de cómo construye su forma de ver el mundo, entiende las relaciones, o concibe lo que es justo y lo que no. Aceptar no significa de ninguna manera compartir, sino intentar comprender antes de juzgar y de pedir ser comprendido. Es tener la disposición para escuchar antes de pedir ser escuchado, indagar cómo concibe las cosas cada uno, de la manera en que lo hace, y estar dispuestos a explorar las posibilidades de encontrar juntos una salida a los problemas comunes. Incluso cuando no queda más remedio que una separación.

Asumir esta condición hará la gran diferencia y finalmente definirá “quién tiene a quién”; es decir, si la familia tiene el poder para sostener su negocio, o si el negocio terminará sojuzgando a quienes deberían ser capaces de gobernarlo.

Lic. Jorge O. Hambra

Director del Club Argentino de Negocios de Familia

 

 

 

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